Hermanos: tengan por un gran gozo cuando se encuentren en pruebas, porque la prueba de nuestra fe produce paciencia.
Y que sea la paciencia la meta de sus pruebas, para que sean perfectos y cabales y cabales y no les falte cosa alguna.
Y si alguno de ustedes tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que se las dará abundantemente. Pero pida siempre con fe, porque el que duda es semejante a la ola de la mar, que es llevada por el viento de un lado a otro.
Santiago 1: 2-6
12 de julio de 2009
PASANDO POR UN DESIERTO
Hermanos: tengan por un gran gozo cuando se encuentren en pruebas, porque la prueba de nuestra fe produce paciencia.
Y que sea la paciencia la meta de sus pruebas, para que sean perfectos y cabales y cabales y no les falte cosa alguna.
Y si alguno de ustedes tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que se las dará abundantemente. Pero pida siempre con fe, porque el que duda es semejante a la ola de la mar, que es llevada por el viento de un lado a otro.
Santiago 1: 2-6
JOB O LA PRUEBA
Se ha escrito mucho, se ha predicado, discutido y analizado abundantemente, sobre el Libro de Job y desde muchas perspectivas. Considerado uno de los libros sapienciales o de sabiduría del Antiguo Testamento, se piensa también que es el más antiguo entre ellos, escrito por un poeta culto en asuntos teológicos y dotado muy especialmente para la literatura. Es un libro desconcertante e inspirador, pero es, además, uno de esos textos donde la Poesía y la Fe se juntan para expresar la naturaleza del hombre que es probado, con aparente injusticia, por Dios. Un libro donde se destaca la condición humana en el centro de una vorágine donde la obediencia, la justificación, la creencia y la necesidad de honrar a Dios giran vertiginosamente en un muy bien establecido equilibrio de discursos en torno a un acontecimiento donde el Bien y el Mal se enfrentan.
Hace mucho tiempo, leí un libro que se titulaba Cuando Dios hace cosas que no tienen sentido. Era un llamado de alerta, pues yo era entonces una novísima creyente y estaba esperando todo lo bueno, todo lo pacífico, todo lo santo, todo lo agradable, de ese recién iniciado idilio con Dios. Pregunté entonces a mi pastor qué significaban todos esos eventos allí narrados, sufridos por personas que no parecían merecerlos. Él me respondió que cuando Dios amaba verdaderamente a alguien, lo probaba con fuego (Salmos 11:5; 26: 2/ Santiago 1; 2-4; 12)
Por alguna razón, desde que comencé a andar el camino del Señor, me pasaron cosas terribles y difíciles. Yo había una vida afortunada en muchos sentidos. Nacida en una familia con muy pocas carencias, educada en los mejores colegios y provista de una cultura familiar cuidadosa y amplia. Ciertamente, había sido disciplinada familiarmente muchas veces, debido a un temperamento irritable y una rebeldía para la cual casi siempre encontraba justificaciones, pero considero que esto es parte de la buena fortuna de la infancia y la juventud. Me casé muy joven y parí sin dolor cinco hermosos hijos. No estaba particularmente enamorada, pero avanzaba hacia la formación de una familia que continuara y mejorara mi propia formación y mi estirpe. Fui, además, una persona preocupada por ejercer correctamente mi trabajo, lo que me produjo recompensas. Viví bien. Tuve posiciones dentro del poder. Eduqué a mis hijos y viajé por el mundo.
De pronto, mi salud desmejoró debido a un par de incidentes. Asimismo, mi situación económica se quebrantó notablemente. Dejé voluntariamente mi trabajo, sin tener un plan para ese cambio, aún cuando tenía hijos estudiando. Acostumbrada a tener altos ingresos, me endeudé muchísimo. A estas alturas, me había casado ya dos veces y tenía una relación libre y sui generis con una persona que me agradaba mucho y me sentía hasta cierto punto correspondida. Pero mi pareja me dejó sin una explicación, portándose a la vez con una crueldad y una mezquindad absolutamente impensables. Jamás había necesitado del apoyo económico de mis exparejas y no estaba habituada ni a solicitarlo, ni a recibirlo. Mis hijos se fueron de la casa para cumplir sus estudios universitarios y especializaciones, a lo que dediqué mis reservas. Fui, además, muy fuertemente agredida por mis posiciones políticas. Y mi salud se vio más y más vulnerada.
Traté de ayunar y orar para aliviar la avalancha de males que se derramaban sobre mí. Mas todo parecía inútil. Y, peor aún, los efectos parecían contrarios a los que estaba esperando. Volví a consultar con mi pastor y me dio la misma respuesta. Eso no me satisfizo. El mundo como lo conocía, había dejado de tener sentido. Todo me lanzaba a la errancia, a la aflicción, al desplome. Mi inexperiencia ante las crisis y el estupor ante lo que pasaba, me impedían hallar una salida. Algunas personas me ayudaron y otras, simplemente decidieron la indiferencia. Y, lo peor para mí, era que Dios parecía haberse alejado. Leía la Biblia y no entendía ninguno de sus mensajes. Por la noche, me despertaban terrores en aquella casa vacía. Pero aún así, no había perdido la fe que me había llevado al Evangelio.
Creo necesario decir que durante años había sido indiferente a las religiones. En mi infancia, recibí una rigurosa educación católica en un colegio de monjas franciscanas. Tenía doce años cuando ingresé a la Secundaria secular y también a la posibilidad de leer en una biblioteca muy rica, y atendida por una joven becaria que no tenía ni la más mínima idea de un control de lecturas. Así que leí mucho, lo que me dio una gran cultura humanista, y me alejó de cualquier precepto misterioso, alejado de la lógica, y, más aún, de los rituales y ritos de un Dios que me era dudoso. No diré que no creía en Dios. Lo hacía, pero como una manera de aceptación de un Orden. Viví mi vida de esa manera: si pude ser solidaria, lo fui. No negué el pan al hambriento, ni el vestido al desnudo, ni el techo al que lo necesitara. Pero muchas veces fui despreocupada y me acerqué peligrosamente a los abismos del pecado. Pues fui una mujer sensual y aventurera, y, habiendo recibido de Dios el talento de la escritura, me dediqué al estudio y la literatura, exploré el mundo del arte, y, a menudo, la arrogancia y la vanidad.
Mis hijos llegaron al Evangelio a mediados de los años 90. Habían sido captados por sus primos paternos, a quienes querían como hermanos. En esa oportunidad, les dije que la base de esta nueva situación era el mutuo respeto. Y dejé bien claro que, siendo adulta y pensante, no me dejaría adoctrinar. No era amable con los cristianos que visitaban mi casa y me negaba a cualquier tipo de acercamiento.
En 1999, sufrí un accidente grave en el desempeño de mi trabajo y, estando en trance de morir, acepté a Jesús como mi único, suficiente y verdadero Salvador. Lo hice, lo confieso, para morir dejando a mis hijos tranquilos, pues veía que su angustia mayor provenía de ese asunto, así que no lo hice por verdadera fe. Ese día me preparé para morir. En las iglesias evangélicas a las que ellos estaban asistiendo, dos, si mal no recuerdo, me contaron después, oraron en clamor por mi salud. Era un 29 de Diciembre y, deshauciada por los médicos, excesivamente cansada para luchar, todo se estaba preparando para mi funeral. El día 31, estaba ya en mi casa, convalesciendo.
Tres meses después, aún no había superado totalmente la enfermedad y, además, había engordado muchísimo debido al tratamiento. Así que un día me levanté del lecho, eché las medicinas a la papelera y dije: -Señor, si eres fuerte y poderoso, aquí tienes mi vida para que hagas en ella. Sané. Pero comenzó entonces esa temporada de pruebas casi continuas. A quien Dios ama, castiga (Salmo 39:11/ Job 5: 17/ Proverbios 3:12) He escuchado esta expresión muchas veces. Y posiblemente muchos de los que a dicen no recuerdan que es parte de esa buena praxis recogida en el Libro de Proverbios. Job, en efecto, la dice también en su estado anímico. Primero, es la aceptación de la Voluntad de Dios. Luego, la necesidad de entender. Y, posteriormente, la queja, el estallido, la autoconmiseración, la depresión y hasta la ira ¿Podía esperarse más de un hombre? Pero en todo momento estos estados anímicos son dirigidos a un interlocutor: Dios.
Uno de mis hijos asistía a una iglesia más cercana de mi casa de aquella donde me inicié. Allí, hice amistad con un pastor, un hombre con muy poca ilustración teológica, pero repleto de la unción del Espíritu Santo, con quien conversaba de cuando en cuando.
Reconozco que mi iniciación en el cristianismo fue endeble: catequizada a medias y sin regularidad, un sábado me vestí de blanco y, con un grupo, bajé a las aguas y fui bautizada. Fue una hermosa sensación, la de sentir cómo se desprendía de mí la costra de mis pecados y quedar limpia, clara y luminosa como una recién nacida. El domingo fuimos presentados a la iglesia en pleno e inscrito nuestro libro en el del hombre, pues Dios ya nos había agregado al suyo. Muy poco tiempo después encontré un inesperado escollo: el pastor y la pastora se fueron de vacaciones y yo me incorporé a un grupo de personas que preparaban una actividad para colectar fondos que permitieran construir otro local para la iglesia. Fueron tantos los obstáculos que nos pusieron que tuve que entender que esas personas quizá estaban defendiendo sus posiciones de liderazgo de mí. Finalmente, la actividad se realizó al regreso del pastor. Pero decidí alejarme de cualquier situación que me pusiera en situación igual y asumir el alejamiento y la humildad. Cumplía con congregarme, asistí a un retiro espiritual en pleno campo, durante tres días, que fue a la vez ayuno, acompañé a veces a una hermana a visitar enfermos, pero siempre de muy bajo perfil.
Seguí orando y ayunando y rogando, mientras tanto. Fui entonces donde el otro pastor, el amigo, porque me sentía acongojada y sin respuestas después de un ayuno de varios días. Le conté lo que pasaba. Él llamó a una hermana y subimos al techo de la iglesia. Allí, comenzamos a orar. Era la mañana y todo estaba luminoso y tranquilo. De pronto, uno de esos remolinos que surgen de súbito, apareció bajo mis pies y me elevé unos diez o quince centímetros del piso. Era una respuesta de Dios.
¿Era una respuesta de Dios? Y si lo era ¿qué significaba? Para esos días, tuve que abandonar mi casa y muchos de mis muebles, incluyendo una colección de obras de arte que aún no sé dónde está. Me fui a un hotel, de donde también me pidieron el abandono, debido quizá a la muy fuerte persecución política de entonces, pues denuncié todos y cada uno de los desafueros que pude. No tenía dónde vivir, ni siquiera una piedra para reposar la cabeza. Muchos de mis amigos me abandonaron. Y, viendo la imposibilidad de continuar en esas circunstancias, abandoné mi ciudad natal y de la manera más torpe que encontré: me fui con un hombre desconocido y extraño, también afectado por los golpes de la vida. Este hombre no sólo se convirtió en una carga para mis exigúos ingresos durante unos meses, sino que terminó por robarme materialmente e inclusive espiritualmente. Me prometió que, teniendo un empleo en México, necesitaba irse en primer lugar y que, habiéndose instalado, me mandaría a buscar. Así se fue, dejándome en una ciudad extraña, en una pensión de lástima, casa vieja donde las paredes rezumaban una extraña resina. Vagué un tiempo. Conseguí un empleo riesgoso y bien remunerado, absolutamente legal, que me hizo recorrer todo el país. Me alejé de Dios, aunque no renegué de la fe en Él. Sufrí hambre, miseria, peligros, enfermedades. Y cuando pensaba quedarme en algún sitio, por alguna razón debía abandonarlo. No hablo de meses sino de años, en los cuales mis hijos hicieron sus propias vidas, olvidándome.
Entonces, comenzaron los síntomas de la demencia. Recuerdo una madrugada, cuando tendría unos diez días sin comer, me asomé a la ventana y vi un hombre recogiendo latas. Sentí la tentación de hacer lo mismo. En aquellos días comenzó el Gran Paro que detuvo el país durante cuatro meses. Como sentía el peligro demasiado cercano, me mudé a otra ciudad, donde encontré un refugio más o menos seguro durante poco más de dos años. Es una ciudad hermosa, rodeada de montañas. Allí, llegué a la posada de una hermana en Cristo, me incorporé a su iglesia, conocí a otras personas y me llené otra vez de fe, de obediencia y del fuego del Espíritu. Conseguí un empleo útil y grato. Me fui recuperando, pero aún no encontraba respuestas a muchas interrogantes, aún cometía muchos errores relacionados con la carne, aún no tenía una casa, un espacio propio, aún no sabía cómo honrar a Jehová, y aún cuando sentía su presencia a mi lado, no entendía por qué tenía que seguir errando por el mundo.
Acepto que todo ese desierto me fue fortaleciendo en cuerpo y en espíritu. Acepto también que a veces deseé suicidarme y terminar con todo y que siempre hubo algo que me lo impidió. En el año 2005, regresé a El Tigre, donde vivía la mayor parte de mis hijos y creía tener una familia. No parecía así. Intenté volver a Ciudad Bolívar y fue peor. Entonces todo se me derrumbó internamente y tuve que ser hospitalizada porque mi salud era absolutamente precaria y estaba excesivamente cansada. Creo que fue entonces cuando mis hijos se percataron de mi debilidad y trataron de ayudar. Viví aún en tres habitaciones de alquiler, pero en una de ellas, la de la hermana Carmela, Dios la bendiga a ella y a su familia, cristiana, misericordiosa y de gran fortaleza, me fui sanando y fui aprendiendo de la lectura de la Palabra, del poder de la oración, de la obediencia sin excusas.
Un año después, el hermano Alí Reyes me pidió que visitara a un hombre desamparado y enfermo, que vivía en los aledaños rurales. Sin dudarlo, acepté, después de orar profusamente. Sin embargo, aún no sabía que tenía que poner mi vida, mis decisiones, mis dones, mis bienes: todo, en manos de Dios para que fuera Él quien actuara y tomara el control. Visité, pues, a aquel hombre por lo que yo creía un muy breve tiempo. Pero nos casamos como nunca antes lo habíamos estado ni él, ni yo, en una unión bendecida. Y fuimos felices durante seis meses, antes de su muerte.
Después de aquella inmensa felicidad, tuve un tiempo de inmensa infelicidad, pero, fortalecida por el Señor, fui atravesando estas tormentas de arena. Un día, no obstante eso, me sentí tan desmoronada, que acudí a la iglesia, después de mucho tiempo sin hacerlo. Lloré ante el altar y le confesé al Señor que Su Palabra decía que no ponía a sus hijos pruebas que no podían soportar, pero que yo ya no podía más, porque estaba quebrada y deshecha. De pronto, sentí un rayo de luz blanca que pareció clavarme en el suelo. Seguía llorando, pero aquel rayo me iba fortaleciendo poco a poco. Todo desapareció alrededor y el sufrimiento fue amainando. Poco después, mi hijo menor me dio a leer Una vida con propósito y así, poco a poco, mis heridas fueron sanando comprensiblemente. Con esto quiero decir que entendí que Dios tiene siempre un plan para nuestras vidas. Eso y la lectura de la Palabra. Y la asistencia a la iglesia.
Un acontecimiento aparentemente sin sentido ha ido avanzando en esta obra: mi televisor se quemó por un rayo que cayó en el poste cercano. Durante unos tres días, estuvimos sin luz y sin agua. Poco después, conseguí un viejo radio y comencé a escuchar día y noche emisoras cristianas. Y entonces entendí muchas cosas que aparentemente eran anteriormente muy claras. Nada hay peor que creerse sabio en la propia opinión (Proverbios 7: 15) Entonces hice algo que no había hecho: renuncié a todo cuanto había sido y puse en manos del Señor mi vida con total y absoluta fe. Me postré en tierra y clamé. Me humillé. Entregué al Señor mis dones, mi familia, mis bienes, mi historia y todo eso de lo que tan orgullosa me sentía. Me costó sangre, llanto, angustias, abandonos, llegar a ser en verdad una Hija de Dios, a entender cómo fui rescatada por su sangre y la lucha que en mí se había librado entre el Bien y el Mal. Ahora, sólo me importa seguir Su Voluntad.
Leyendo la carta de Pablo a los Filipenses, dice: …porque he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación, sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo he sido enseñado, tanto para ser saciada como para tener hambre, para tener abundancia o para padecer necesidad. Porque todo, TODO, lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4: 12-13)
Misionera
mcarnevali07@gmail.com
Continuará
17 de junio de 2009
YO TENGO UN SUEÑO
ORACIÓN DE LOS PERSEGUIDOS INJUSTAMENTE
Oh, Señor, ilumina nuestras vidas y humedece nuestros labios. Somos los sobrevivientes. Sobre nosotros, ha venido toda tribulación y hemos sido pacientes, aún frente a la iniquidad, los agravios y la injusticia.
Hemos abandonado toda comodidad y prosperidad, voluntariamente nos hemos sometido a sufrimientos y adversidades crueles, permaneciendo en el sendero de Tu Amor. Y aún así, estamos cautivos todavía y nuestros carceleros se ensañan, pues persistimos en andar dentro de la rectitud y la ley.
No hay quien nos ayude, no hay quien nos ofrezca amistad. Por el contrario, muchos de nuestros amigos se han alejado.
Oh, Señor, nuestras almas han probado la agonía, la turbación, la incertidumbre y el miedo, tolerando por Tu Amor la indignidad que los tiranos nos han infringido.
Escúchanos ahora, libéranos de la opresión de los que con fuerza empuñan las armas, no permitas que nos destrocen con uñas y dientes. Estamos de pie humildemente ante Ti.
Oh, Señor, fortalécenos con un espíritu nuevo, ilumina nuestros ojos que ya no tienen lágrimas, enséñanos tus maravillas en la oscuridad de la noche, enséñanos ese día en el que volvamos a ser hermanos en un sitio lleno de árboles frondosos, cargados de frutos, abre ante nosotros las puertas de un mundo feliz y que soplen sobre nuestros hijos las frescas brisas de tu poder.
Si hemos sido indignos de Tu Bondad, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos afligen. Sigue protegiéndonos pues sólo por Ti no hemos perecido.
Y permítenos volver al hogar.
Amén y amén.
16 de junio de 2009
LA SANGRE DE CRISTO NOS REDIMIÓ, NOS COMPRÓ, NOS DIO LIBERTAD
9 de mayo de 2009
EL TIEMPO DE LA CANCIÓN
Dicen que el que canta a Dios, ora dos veces. Los ángeles han reivindicado con creces, nos han ido enseñando, lo que significa la canción y la alabanza y adoración al Señor. Ahora, Eréndira Maita, una joven y hermosa criatura que ha dedicado su vida a Dios, se ha propuesto usar el don de su preciosa voz para alcanzar, con espíritu misionero, a muchas personas.
Radicada en Barquisimeto, ella está orando y buscando patrocinantes para su primer CD y en la tarjeta, igual que en un tag de este blog, hay datos sobre las vías para colaborar.
Por otra parte, se está organizando, y ella es una de las organizadoras, la actividad "Un grito por Venezuela", para el 19 y 20 de Marzo del 2010, también en Barquisimeto, en donde participarán, por fe, adoradores de todas las naciones, para pedir por Venezuela.
16 de abril de 2009
LA MAGNIFICA CREACIÓN
...miren los lirios del campo, la hierba que hoy es y mañana no es, y que visten con tal magnificencia, que ni el rey Salomón en los tiempos de su gloria...
EL TIEMPO DE LA CANCIÓN
Empezó el proyecto EL TIEMPO DE LA CANCIÓN (Cantares 2:12) y desea concretar el sueño de un CD. Sabemos que todo proyecto tiene su lucha y que la lucha es dura, pues no solamente es contra las circunstancias sociales y económicas, sino también contra principados y potestades.
Ahora, necesita de nuestro apoyo económico. Para mayor información, comuníquese con ella, hermano, en la dirección-e
erelindam@gmail.com. O en los teléfonos 58-0424-524-9879, 0416-850-8871.
Si de su corazón brota el deseo de dar una ofrenda, su CA en el Banco Mercantil es 0105-0737-53-0737016299, a nombre de Eréndira Maita.
Así apoya un mensaje de esperanza en un mundo que necesita mucho de ella.
(Al respecto, visite también www.Facebook.com )
UN MINISTERIO INDISPENSABLE: EL CUIDADO A LOS ENFERMOS
Cada uno quien se dedica al cuidado pastoral de sus miembros ha realizado aquellas visitas hospitalarias que tienen un carácter de alegría y esperanza, por ejemplo al nacer un bebé o después de una operación exitosa. Pero igualmente existen esas visitas a las que vamos con un poco de inseguridad, porque son visitas en dónde la oscuridad y la desesperanza están programadas. Especialmente si se trata de personas que no conocen a Cristo. Pero la gente se torna especialmente receptiva cuando está en el hospital.
La enfermedad en líneas generales produce una crisis en la persona enferma y en su familia inmediata y desestabiliza toda la situación familiar. Sobre todo si la enfermedad llega a ser una carga económica para la familia. A continuación presentamos algunos consejos que le pueden ser útil al planificar su próxima visita hospitalaria:
• Hoy en día, los costos de los seguros médicos se han incrementado, esto se traduce en estancias cortas en el hospital. Por lo mismo, el pastor debe estar alerta para aprovechar estas breves oportunidades.
• En caso de emergencia, vaya al hospital tan pronto como sea posible. Consiga la mayor información posible de la ubicación del paciente. Usted puede ser un gran aliento tanto para el paciente como para la familia.
• Si es posible, prepárese antes de la visita hospitalaria con algún texto bíblico oportuno para la situación: Algunos textos que tratan acerca de cómo confrontar la enfermedad son: Salmo 23, Marcos 1:29-34, Marcos 6: 53-56, Santiago 5:14-16. Además algunos textos acerca de cómo recobrar fuerzas y ánimo: Salmo 46, Salmo 138, Isaías 40:27-31, Isaías 51:12-16, Efesios 6:10-20, 2 Tesalonicenses 2:16-17.
• Antes de llegar al hospital busca un momento para orar, para buscar la dependencia de Dios y pedir que obre a través de ti. Recuerda que Usted representa a Jesucristo, el sanador y salvador de los hombres.
• Trate de visitar antes de que entren a la sala de cirugía. Con frecuencia, los pacientes experimentan mucha ansiedad frente a una operación o a la posibilidad de enfrentarse a un desenlace fatal. Una oración y un breve pasaje de la Biblia pueden ayudar a los pacientes a comprender que Dios está con ellos en medio de su cirugía.
• Recuerde, usted es un profesional y parte importante del equipo que busca la sanidad de la persona. Muchos hospitales están reconociendo el potencial sanador de la oración. Al mismo tiempo que respeta al personal médico por su labor, usted como pastor puede ser de gran ayuda al paciente.
• Que sus visitas en el hospital sean breves y positivas para el paciente. Después de todo, usted está representando al Dios que ama y cuida de cada persona. El quedarse mucho tiempo con el paciente puede ocasionar que el paciente pierda energías que necesitaría para su recuperación.
• Ofrezca como Pastor la lectura de una porción de la Biblia y una oración por el paciente. Aun cuando la persona no conozca a Cristo de manera personal, una oración puede motivarla a reflexionar acerca de su relación con Dios.
• Una visita en el hospital también puede ser una oportunidad para el evangelismo. La gente suele estar más cautelosa de su mortalidad en ese ambiente. Sea sensible a la dirección del Espíritu Santo cuando habla a las personas acerca de asuntos espirituales.
• Reconozca las necesidades de los miembros de la familia y de los amigos. Su presencia puede ser más importante que cualquier respuesta que usted pueda dar.
• A menos que haya una razón médica para estar a cierta distancia del enfermo, dé la mano al paciente. Tocar la mano o el hombro cuando habla ú ora transmite un sentido de compasión y la voluntad de conectarse físicamente con la persona.
• Trate de evaluar las necesidades emocionales del paciente. Un día puede ser una palabra de ánimo para ayudar al paciente a superar el temor o la soledad. En otra ocasión, podría enfocarse en ayudar a superar la debilidad física después de una cirugía. Sea sensible a lo que el paciente expresa por medio de gestos o tonos de voz.
• Si hay alguna duda de si usted debe ir al hospital para hacer una visita, vaya de todas maneras. Esta puede ser la oportunidad para tener un momento pastoral que posiblemente no se vuelva a presentar de la misma manera.
Comenta un pastor que salió del cuarto del hospital, luego de visitar a un hombre joven -en sus juveniles treintas. Exteriormente, ese hombre parecía ser la representación de lo saludable. Apenas el pastor puso el pie en la calle, el Espíritu Santo le urgió a regresar a la habitación de este paciente y hablarle de su condición espiritual. Impulsado por esta persistente iluminación del Espíritu, el pastor regresó a la habitación de este hombre joven y lo dirigió a depositar su fe en Cristo. El paciente dejó pronto el hospital pero, inexplicablemente, murió unas semanas después. Ante este desenlace, el ministro se sintió contento porque no desaprovechó una oportunidad para brindar cuidado a una persona de su congregación.
Como pastores de iglesias, una de nuestras grandes responsabilidades es el cuidado pastoral de los enfermos de nuestra iglesia y de la comunidad donde servimos. Hagamos este trabajo con amor y sensibilidad. ¡Que Dios le bendiga grandiosamente en su próxima visita hospitalaria!
GÉNESIS
En el principio, era la Palabra y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios.
Éste era el principio de todas las cosas.
Todas las cosas por Él fueron hechas y sin Él nada de lo que ha sido hecho sería.
En Él estaba la vida y la vida era la luz de todos los hombres...
Juan 1: 1-5
Y la tierra estaba desordenada y vacía y las tinieblas estaban sobre la luz y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Y dijo Dios: sea hecha la luz. Y la luz se hizo. Y vio Dios que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas...
Génesis 1: 2-5
Ver 2 Co. 4: 6
Busca a Dios y lo hallarás.
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